El charco de Chéjov

Hace unos días se lo volví a escuchar a Montero Glez en una entrevista y creo, si no me falla la memoria, que ya lo había leído hace, por lo menos, doce o trece años en un libro que se recomendaba en las bibliografías de los programas de las asignaturas de Introducción a la literatura rusa o de Literatura rusa del siglo XX. No recuerdo en cuál de las dos de las asignaturas se recomendaba, pero sí el momento en el que lo leí: fue sentado en unos escalones de un cobertizo cercano a la parada de autobús interurbano y que, aunque eran poco más de las siete de la mañana, la noche era casi cerrada porque estaban apagadas las farolas; para poder leer tenía que valerme de la luz disuasoria del escaparate de una floristería. Chéjov venía a decir, no soy capaz de evocar las palabras con la exactitud filológica que merecieran, que si se quería transmitir la tristeza de un personaje al narrar, no se escribiera, por ejemplo, que “Nadia estaba estaba triste” sino que “Nadia, desde la ventana cerrada de su habitación, miraba un charco de la calle en el que se reflejaba la luna”; algo parecido recomendaba con las descripciones de los lugares, que se dejara en ellas un poso de movimiento natural, que el narrador no se detuviera a detallar la hermosa frondosidad del bosque o a desplegar sus conocimientos de botánica, sino en el pájaro que abandonaba una rama, en el cernudiano -eso no lo decía Chéjov- tronco que bajaba anegándose o levantándose por el curso del río o, qué se yo, en el gato que cruzaba al fondo de la escena y se detenía sigiloso y lejano en el quicio de una ventana del cuartucho en el que dormía el protagonista.

Desde entonces, siempre que llueve, o ha llovido, me acuerdo del charco de Chéjov y del escritor o del hombre que escribe y que trata en algún lugar del mundo de transmitir cómo se siente un personaje, sobre todo, del que renuncia al camino fácil y no escribe “Nadia estaba triste”. La imagen del charco es perfecta para definir la tristeza porque las lágrimas son agua y cuando lloramos, nos da por terminar por mirarnos al espejo para ver cuánto hemos llorado, y los espejos nos reflejan y la luna reflejada, que es lejana y solitaria y nocturna y única -esto se llama polisíndeton-, es la percepción que tiene el personaje de sí mismo sobre su ausencia y de la existencia de otro tiempo, como si no hiciera falta llorar para llorar, sino solo mirar por la ventana y buscar con la mirada el reflejo de la luna sobre un charco.

¿Seguirá abierta aquella floristería?
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