El caer en silencio de la nieve

La última vez que nevó encontré, después de haberla estado buscando en vano durante cientos de páginas reescritas una y otra vez, una y otra vez, la voz para escribir una novela, es decir, el narrador surgió del silencio de la nieve, del caer en silencio de la nieve, de su dignidad silenciosa y de su gelidez taumatúrgica, de una presencia cíclica como la desnudez de los árboles o de los recuerdos a lo largo de la intimidad de la memoria.

Ayer volvió a nevar y reconocí de nuevo esa voz silente que es la nieve, su vacío sonoro en la rotundidad del aire, las calles como páginas en la que el trazo de los pasos son las líneas que se dibujan en el libro y el libro en la mirada de quien lo lea. La nieve como memoria desaparecida que regresa para volverse visible por un tiempo, efimeral e inconcebible como el sueño de otra persona.

Reconocí de nuevo la voz de la nieve, la voz de una novela escrita con silencio, la voz de una novela que no se narra, sino que es nevada y en la que el narrador siempre escribe desde el final, siempre desde el final, al igual que se vive desde el último latido y que, en realidad, es la suma de todos los demás.

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