De 125

No lo recuerdo con exactitud, creo que hace poco menos de un año que mi mejor amigo me regaló Retiro del escritor ruso Dovlátov, diciéndome que le había recordado a mi forma de escribir y de mirar y de entender la vida. Dicho mejor amigo es muy generoso con las palabras. Sí recuerdo que llevé conmigo el libro el verano pasado a Madrid y que lo leí en dos noches. Los libros nos encuentran a nosotros y no al contrario, recuerdo que pensé al terminar de leer, incluso los que se escriben. Aporías cercasianas, borgianas o austerianas aparte, creía, incluso, recordar algo que no existe, la dedicatoria de mi mejor amigo en el libro, una dedicatoria que se le olvidó escribir y que, sin embargo, recuerdo haber leído. Retiro es un libro que, sobre todo, habla de Aleksander Pushkin, de un escritor que lo admira tanto que acaba formando parte de un peculiar parque temático dedicado al gigante ruso de las letras, repleto de personajes inolvidables.
Jamás he disfrutado nunca un cuento como La dama de picas, recuerdo que lo leí en un tren de vuelta de un aeropuerto, en una compilación de cuentos alemanes llamada Die blaue Blume, la flor azul. Desde entonces solo soy capaz de leer a Pushkin en alemán, lo cual no deja de ser y de parecerme extraño. En el último viaje recuperé el ejemplar de Retiro que había dejado en Madrid y lo dejé sobre el escritorio en mi pequeño altar de libros indispensables.
La verdad es que no puedo leer a Pushkin en español por otro motivo, más allá de aquella impresionante lectura a solas en un tren nocturno, bajo la lluvia del invierno tardío alemán y la increíble narración. El motivo es que, sin saber muy bien por qué, cuando mi abuelo estaba próximo a morir, le di a mi madre una colección de cuentos completos de Pushkin editado por la editorial Alba, en su colección Alba Clásica, para que se hiciera compañía. Recuerdo que pensé que el ejemplar era lo suficientemente voluminoso, como si con ello quisiera darle alas a su esperanza y a la vida de mi abuelo. El caso es que ella acabó leyéndole a mi abuelo los cuentos de Pushkin, mientras su vida se iba apagando poco a poco en la mecedora de su casa. Recuerdo que mi madre me contó que le encantó un cuento sobre unos jóvenes a los que reclutaban para la guerra y en el que lo que parecía al principio de la historia buena suerte y dicha para las familias, se tornaba después en fatalidad y desgracia.
Cuando llegué del último viaje había en el buzón un libro que se me había hecho llegar con motivo de que escribiera una reseña para una revista científica universitaria de traducción. Un libro editado por la editorial Alba, en su colección Alba Clásica, de tapas duras y con el fondo dorado, la misma editorial del libro que entonces le presté a mi madre y que no recuerdo si compré yo o si también me lo regalaron. Todo ello no tendría mayor importancia si los cuentos que contiene el ejemplar de La princesa de las remolachas y otros cuentos populares inéditos no fueran las versiones originales de las cintas de audiocuentos que escuchaba de pequeño en un viejo radiocasete que me prestó mi abuelo y que yo escuchaba sin cesar, una y otra vez, una y otra vez. Recuerdo que aquel radiocasete tenía los cables pelados y que me las ingeniaba para conseguir enchufarlos a la red, atándolos a las patillas de un enchufe de 125 voltios, como le había visto hacer a mi abuelo cientos de veces. No funcionaba en otra casa que no fuera la casa de mis abuelos, donde la corriente era de 125, así lo decía él. Ayer terminé de escribir la reseña y dejé el libro en el escritorio, justo encima del Dovlátov, en mi pequeño altar de los libros indispensables y que preside una foto de mi abuelo en su azotea.
Sentí, por una milésima de segundo al ver aquellos dos libros juntos uno encima de otro, que volvía a estar con él y que, de algún modo, me estaba diciendo que él seguía conmigo.

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