El lago de las abejas, de Theodor Storm, segundo capítulo: Los niños

Los niños

Al poco tiempo se le acercó la encantadora figura de una niña pequeña. Se llamaba Elisabeth y tenía unos cinco años; él le doblaba la edad. La niña llevaba un pañuelito rojo de seda al cuello que le hacía juego con el marrón de sus ojos.

—¡Reinhard! —Gritó—. ¡Hoy es fiesta, tenemos el día libre! No tenemos clase en todo el día y mañana tampoco.

Reinhard dejó con soltura tras la puerta que daba a la calle la pizarrita de cuentas que llevaba bajo el brazo y ambos niños atravesaron la casa por el jardín y la puerta del jardín y salieron al prado. Las inesperadas vacaciones les venían de perlas. Reinhard había construido allí una cabaña con ayuda de Elisabeth con todo lo que había ido encontrando por la hierba; en ella querían pasar las tardes de verano, pero todavía les faltaba un banco. Enseguida se puso manos a la obra, ya tenía dispuestos el martillo, los clavos y las tablas que le hacían falta. Mientras tanto, Elisabeth recorría la muralla y dejaba en su mandil las semillas de las malvas silvestres con forma de aro que iba recogiendo: quería hacerse cadenas y collares con ellas; y una vez que Reinhard había conseguido poner en pie su banco, pese a haber doblado algunos clavos aquí y allá, y salió al sol de la mañana, ella ya estaba en la otra punta de la pradera.

—¡Elisabeth! — Gritaba él—. ¡Elisabeth!

Y ella acudió y sus rizos volaban con ella.

—Ven —dijo él—. Ya está lista nuestra casa. Pero si estás acaloradísima; pasa, vamos probar el nuevo banco. Te voy a contar una historia.

Entonces ambos entraron y estrenaron el banco. Elisabeth tomó sus aritos del mandil y los fue ensartando en largos hilos; Reinhard comenzó a contar la historia:

—Había una vez tres hilanderas…

—Ay, no —dijo Elisabeth—, esa ya me la sé de memoria; no tienes siempre por qué contar lo mismo.

Entonces Reinhard tuvo que dejar la historia de las tres hilanderas y, en su lugar, contó la historia del pobre hombre que fue arrojado a la cueva de los leones.

—Se hizo de noche —decía él—, ya sabes, completamente a oscuras, y los leones dormían. De vez en cuando bostezaban en sueños y estiraban su roja lengua; se asustaba entonces el hombre y esperaba a que llegara la mañana. De repente apareció una luz brillante a su alrededor, y cuando levantó la vista, había un ángel delante de él. El ángel lo saludó de lejos con la mano y atravesó las rocas.

Elisabeth lo había estado escuchando con mucha atención:

—¿Un ángel? —Dijo ella—. ¿Pero tenía alas?

—Es solo una historia— respondió Reinhard—, los ángeles no existen.

—¡Jo, no digas eso, Reinhard! —Dijo ella y lo miró fijamente a la cara.

Pero como él se la quedó mirando con gesto sombrío, le preguntó dubitativa:

—¿Por qué todo el mundo dice entonces que sí? ¿Mi madre, mi tía y también en la escuela?

—No lo sé —respondió él.

—Pero, a ver —dijo Elisabeth—, ¿tampoco existen los leones?

—¿Los leones? ¡Que si existen los leones! En la India hay un montón, los sacerdotes de los dioses los atan y los ponen delante de sus carruajes y atraviesan el desierto con ellos. Cuando sea mayor, pienso ir allí. Allí todo es cien mil veces más bonito que aquí; allí no tienen invierno. Te tienes que venir conmigo. ¿Quieres?

—Sí —dijo Elisabeth—, pero mi madre tiene que venir  y tu madre también.

—No —dijo Reinhard—, para entonces estarán muy mayores y no podrán venir.

—Pues yo no puedo ir sola.

—Tendrás que poder; para entonces serás mi mujer y los demás no podrán meterse en nada.

—Pero mi madre llorará.

—No te preocupes, que volveremos —dijo Reinhard—, dilo directamente, ¿te vendrías conmigo de viaje? Si no me voy yo solo y entonces sí que no vuelvo jamás.

La pequeña estuvo a punto de echarse a llorar.

—No me mires así —dijo ella—, yo también quiero ir a la India.

Reinhard la tomó de ambas manos retozando de alegría y la sacó a la pradera sin soltárselas.

—¡A la India! ¡A la India! —Cantaba él mientras daban vueltas en círculo, de modo que el pañuelito rojo de ella salió volando del cuello.

Pero la soltó de repente y dijo con semblante serio:

—Al final seguro que nada de nada; no tienes coraje.

… …

—¡Elisabeth! ¡Reinhard! —Llamó alguien desde la puerta del jardín.

—¡Estamos aquí! ¡Aquí! —Contestaron los niños y se fueron a casa de la mano dando saltos.

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