Un vinilo sin precio

He pensado en el principio de El Aleph de Borges cuando la que creo que es su esposa, no lo sé a ciencia cierta, me ha dicho después de cobrarme el vinilo y de preguntar por él, que al mejor vendedor de discos de la ciudad, probablemente del planeta, le había dado un trombo en una pierna hace un par de semanas y que, desde entonces, reposaba en la cama de un hospital porque le había afectado al cerebro. Una parte de mi corazón está y estará siempre en esa tienda de discos y en las aventuras que O. y yo habíamos vivido cuando le encargaba vinilos descatalogados que él siempre conseguía al mejor precio. Más de una vez me ofreció café en la trastienda, mientras buscábamos en las extrañas bases de un antiguo ordenador, de los de monitor grande y ratón de bola, las fechas de publicación y los nombres de las bandas y los artistas: The Doobies, Beach Boys, Alan Parsons Project, Joy Division, Thelonious Monk, Miles Davis, Rush, Richard Ashcroft, Alice in Chains, Stone Temple Pilots; cada vinilo nos condujo a una aventura particular, a su corta o su larga espera. O. nunca me dijo que no, asomaba un brillo infantil en sus ojos cuando le preguntaba si tenía algún disco que yo anduviera buscando en ese momento y que no encontrara en las pilas de los mostradores. Algún vinilo se nos resistió más de dos o tres meses, como Closer de Joy Division o la primera edición de Jar of flies de Alice in Chains, pero siempre terminaban apareciendo cuando ya casi los dos los habíamos dado por perdidos o por imposibles. O. es un mago (me niego a hablar de él otra vez en pasado), tiene incluso apariencia de Merlín trasnochado con sobrepeso y consigue lo imposible siempre a menos de veinte euros. No sé cómo lo hace, parte de su magia consiste en hacer llamadas aquí y allá con su teléfono fijo, a lo que él llama los guardianes de los almacenes de sueños. Ahora que lo pienso, ni siquiera recuerdo el verdadero nombre de la tienda, yo la llamo “ir a ver a O.”. Se trata de una tienda de discos que está en el zaguán del primer piso de una casa antigua del centro, subir la escalera es un extraño ritual, está mal iluminada, tanto que hoy por primera vez me he dado cuenta de que alguien había puesto una lámpara en el suelo, es estrecha y de escalones de madera desnivelados, en la entrada hay unos cuadros que creo que los debió de pintar él o su mujer o quién sabe si su nieta. La moqueta del suelo está gastada y el mobiliario se nota que lo hizo a medida hace décadas. Tampoco sé muy bien por qué subí el primer día, creo que vi las estanterías desde la calle un día de lluvia, un día de lluvia como hoy. Cuando estoy en la tienda me siento en Madrid, aunque Madrid esté a miles de kilómetros.

Hoy he ido a ver a O. y no estaba O., pero escondido entre las novedades he encontrado un disco que le pedí hace mucho tiempo, uno de los que él siempre dejaba con el precio sin poner para saber que me lo tenía reservado, es una forma de tener en cuenta a los asiduos: cuando un disco no tiene precio sabemos que no está en venta, que está esperando a su dueño. Era el Ten de Pearl Jam, Eddie Vedder estaría orgulloso de O., yo creo que hasta le hubiera compuesto una canción, de esas acústicas y de voz grave que cuentan la historia de un vendedor de discos. No estaba O., pero había dejado un vinilo sin precio y una ciudad y unos ojos llenos de lluvia. Ojalá se recupere pronto. Me siento orgulloso de haberlo conocido.

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