Los trenes y el destino azaroso de los libros

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El pasado domingo me despedía de mi hermana en el aeropuerto de Núremberg y, para qué negarlo, la única manera que encontré de sacudirme el desconsuelo de nuestra despedida era tratar de encontrar una novela. Mientras esperaba a que llegara el tren regional, una vez que ya estaba en la estación central de la ciudad, entré en la única librería que había abierta un día festivo en varios kilómetros a la redonda: la librería de la estación de tren. Aunque no estoy seguro de que la palabra librería sea la adecuada para el establecimiento, tampoco estoy muy acostumbrado a entrar a librerías que no sean de viejo o de segunda mano. La cantidad de luz y de estanterías y mesas ordenadas por temáticas me aturdieron. Me alegré, sin embargo, de ver que en la caja había una larga cola de personas con libros en las manos esperando, impacientes, su turno para pagar. El margen lo imponía la salida de los trenes, observé cómo dejaron colarse al unísono a un matrimonio con dos niños porque su tren salía en apenas ocho minutos. Uno de los niños había enseñado su libro de colorear dragones y castillos a la cajera desde el quicio del mostrador, la madre, para entonces, se había disculpado y agradecido decenas de veces al resto de los presentes. Sentí en mi interior la necesidad de un desorden alfabético de autores y, por suerte o por desgracia para mi asombro, me vi convertido en un nicho de mercado. Esquinada y cerca de la entrada, encontré una sección de “libros por autor”. La voz de otro de mis hermanos surgió de lo más recóndito de mi memoria, quizá proveniente del instinto de supervivencia lectora: “tienes que leer a Murakami, te encantaría”. Hacía por lo menos diez años o, al menos así me parecía, que mi hermano me había recomendado a Murakami. Busqué la eme y allí estaba: Murakami junto a la flamante edición de su última novela en dos volúmenes y, a su lado, una edición de bolsillo de “Los amantes peligrosos”. Tomé el libro de bolsillo de la estantería, me llamó la atención y me resultó de lo más extraño que las palabras de Marcel Reich-Reinicki aparecieran en la misma portada recomendando la lectura, como si fuera un fallo del editor o del encargado de maquetar el libro. Prestigio y mercadotecnia austera, ni siquiera una faja de papel alrededor del ejemplar. Algo no encajaba en aquella decisión, quizá fuera una advertencia de calidad para los llamados lectores exigentes (¿era yo uno ellos?), como cuando ponen una etiqueta a las bandejas de carne para decir que no contienen antibióticos, o eso parecía darse a entender. Es un síntoma: crítico y autor compartiendo portada. Al fin y al cabo, yo también estaba algo fuera de sitio en la librería de la estación central buscando una novela. Para cuando me acerqué a la caja, la cola había desaparecido. La cajera advirtió mi perplejidad, en cinco minutos el establecimiento (¿era aquello una librería?) estaba vacío como ocurría a veces en los sueños. Acababa de salir un tren de alta velocidad en dirección al norte, me explicó la cajera, los compradores de libros llegaban por oleadas antes de partir los trenes. Le quedaba el tsunami de las siete, lo dijo así y me regaló un marcapáginas con publicidad de un libro de Ken Follet.
Los amantes peligrosos me atrapó desde la primera página. Es extraño leer en alemán a un autor japonés que, según me contó mi hermano, escribía en inglés aspirando a la sencillez y la simplicidad. No podía soltar la novela, era la compañía que justo había necesitado. Los amantes peligrosos contiene una de las escenas de amor más hermosas que he leído jamás y en la que Murakami conjuga las metáforas con un magnetismo y una sensibilidad imposibles: cenizas blancas de un niño cayendo río abajo hacia el mar, dos amantes en un coche de regreso de su propia nada, una madre que ya no lo es y pierde la consciencia en mitad de la autopista, un hombre que derrite la nieve en su boca para conseguir que su amante trague una pastilla, la soledad, la inminencia de la separación y el aeropuerto, la noche, el recuerdo de la posibilidad sin fin de aquella noche. El libro es el camino de ida y vuelta a esa escena, un pretexto para llegar a ella, para comprender la multiplicación de la soledad a través de los años y la importancia de las cosas que no tienen forma, como el amor y la amistad imposible que subyace tras cada amor, porque las cosas que no tienen forma no desaparecen. El peligro de amar, parece decir Murakami, es que ante determinado amor, único e irrepetible, no se interpone nada, ni siquiera lo que hemos sido. Menos mal que entré en la librería de la estación central.

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Me cita el escritor Miguel Ganzo, al que todavía le debo una reseña de su novela Sesenta metros cuadrados, entre sus lecturas de verano y dice lo siguiente: Unos días antes de encontrar Todas las almas en la estantería de mi madre, cruzando Alemania en tren y a medio camino entre Lund y Denia, me leí el relato Una hora menos, de Fernando José Palacios León, que vive en Alemania y que publica artículos sobre literatura en su web El tintero. El relato, que me enganchó mucho, trata, en buena medida, sobre el oficio de la escritura. Y pone en paralelo diferentes maneras de acercarse a ella. Leí el relato mientras repasaba mis apuntes para una nueva novela y le daba muchas vueltas a mi manera de escribir. De repente me di cuenta de que todavía no me he enfrentado a una crítica, quiero decir, mas allá de la critica de algún amigo que me dice con mucho tacto que cierto capítulo de Sesenta metros cuadrados le ha parecido más largo de la cuenta. Pero a la crítica de un desconocido todavía no. Miedo me da. Y curiosidad también. Igual que me dan cada vez mas curiosidad los relatos y las novelas que están escribiendo otros autores contemporáneos míos, como por ejemplo Fernando José Palacios León.

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Mi mejor amigo me dijo un día que los libros que más le habían gustado en su vida, comenzaban con un viaje en tren, puso de ejemplo El idiota de Dostoievski y un cuento de Chéjov cuyo nombre ahora no recuerdo, pero creo que se llamaba Tristeza.

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