La estrella fugaz

Entró en la librería de viejo a la que iba siempre que se sentía afligido sin motivo aparente, como quien baja al bar de la esquina a que lo reconozcan o quien se sienta a leer los catálogos de propaganda del buzón. El café cortado del bar, la alentadora propaganda, la búsqueda de una desconocida lectura eran diversas formas de un mismo reciclaje personal. Abrió un libro, casi oscuro y de tapa dura, que había en uno de los anaqueles más recónditos de la librería. Verse rodeado de libros tenía algo de sedativo, se sentía a cubierto en aquel refugio de suelo de madera que crujía, en la hacinada calma de los estantes y los lomos y los tejuelos como horizontes apilados. La metáfora era suya. La librería estaba desordenada por órdenes alfabéticos y azarosos. Pasó algunas páginas buscando el comienzo de un capítulo. Tenía la extraña costumbre de comenzar la lectura a mitad de la novela, lo mismo daba el capítulo siete que el veintitrés, mientras fuera al principio de cualquier capítulo; alguien que lo hubiera observado, habría pensado de él que sabía el pasaje que buscaba o eso pretendía su secreta y milimétrica actitud.

El narrador supo, quizá lo descubriera por primera vez en todo el libro, que la protagonista había sido feliz cuando recordó que le dijo que la estrella fugaz que habían acabado de ver había pasado tan rápido que no le había dado tiempo a pedir un deseo. Fue un pensamiento inesperado: una extraña definición de la felicidad como una ausencia de deseos inmediatos, como una contemplación de la fugacidad sin más demandas que la desaparición lejana de un trazo de luz dibujado en el cielo nocturno. No dijo nada, se limitó a seguir escribiendo. Igual que aquella noche que ahora era la página, dejó que la protagonista siguiera caminando de su mano en silencio a su lado sobre la línea de la calle. Si pudiera escribirse de nuevo aquel silencio, pensaba el narrador, aquella magia de hablarse sin palabras después de los años… No era posible y tampoco le importaba demasiado la expresión de aquella magia, sino su forma de mano, su suavidad de luz anaranjada sobre los puentes de la ciudad, su ruido de llaves al fondo del bolso.

Lo de las estrellas fugaces era una estupidez, decía la protagonista al cabo de un rato, si fuera verdad nadie le diría a los demás que pidiera un deseo, se lo quedarían para ellos. Era todo lo contrario, era una trampa para que te preguntaran por tus deseos, para recordarte aquello que te falta. Ella quería dejar caer las estrellas fugaces.

El narrador escribía sobre la mujer que dejaba caer las estrellas fugaces. Cerró el libro, leyó el título y decidió que era suyo y que, a partir de entonces, también dejaría caer las estrellas.

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4 comentarios en “La estrella fugaz

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