La sinfonía de un dolor oscuro; reseña de Carne de luna, de Alejandro Palacios

Decía Bécquer que el recuerdo que deja un libro es más importante a veces que el libro en sí. Esta idea romántica es la que subyace en el primer poema de Carne de Luna, Epitafio: el recuerdo tiene una importancia fundamental: “la indestructible imagen / que no han podido ajar los años”. En un tono sincero y anafórico en primera persona, que recuerda al último Cernuda o a Gil de Biedma de París, postal de cielo, este epitafio nos recuerda la muerte de un amor in medias res con el que se abre la sinfonía de un dolor oscuro, que parte de la felicidad del recuerdo en plena muerte de un amor y deriva en la desilusión total y absurdamente cotidiana del poema Ataúdes de Ikea “nos hemos muerto de silencio / nos hemos muerto tú y yo: / atrincherada tumba de mi vida”. Recuerdan inevitablemente los versos a “no es el amor quien muere / somos nosotros mismos”, entendidos desde una estética asumida y rebelde contra el relato social establecido y la asunción de los lugares comunes: “esta cruzada de la frase hecha”.
La música que se sucede entre ambos poemas tiene la intención de ser leída en su estructura: I Andante cantabile; II Marcha Bárbara, Adagio; III. Scherzo. Allegro Assai y IV. Final. largo.

Si se desgrana la estructura del poemario como una sinfonía, encontraremos la clave, quizá en Re menor, de su lectura. Los primeros poemas beben de la tradición más castellana de la poesía pura juanramoniana y, a su vez, de poetas como Claudio Rodríguez (El brillo de tus ojos), del barroco de Villamediana del que se toma lo lunar o, incluso, del tono garcilasiano de los tres sonetos; el romance que da título al poemario recuerda al tono de Arias tristes de Juan Ramón, pasado por el realismo sucio de poetas americanos como Charles Bukowski: “Recuerdo su carne blanca / tronchada, como de luna, / en un banco de la calle, / vestida, medio desnuda.” (…) “En algún motel barato / y en hostales de segunda, / deseando que el luminoso / no parpadee y que se funda”. La sinéresis de deseando que el luminoso recuerda a la poesía modernista de Manuel Machado, del machado de Alma. Hay toques cortazarianos en poemas como Poema econométrico, en el que el léxico económico se funde con el sentimiento amoroso y que nos retrotrae al Cortázar de las instrucciones para dar cuerda a un reloj. Son poemas que recuerdan el amor y que lo hacen desde la ausencia, todavía cercana de lo perdido. Se canta lo que se pierde.

En la segunda parte nos encontramos con poemas de corte marcadamente surreal y desarraigado, con un motivo inicial y seis rapsodias, en la que se diluyen los signos de puntuación y que nos hablan de la incomprensión del amante solitario ante la espectralidad de lo amado: “Amo la nada o un fantasma / amo una imagen pretérita y menguante”. Destaca en el conjunto la rapsodia matrimonial, en el que se aúnan los espacios y los tiempos de la supuesta relación entre un hombre y una mujer en la sociedad y una concatenación de sugerentes imágenes que dejan en el centro del absurdo al amor verdadero. Hay una segunda persona que se nombra en los poemas de esta segunda parte, pero cuya relación con el yo poético es de conocimiento y revelación de una verdad, no ignorada, sino inevitable: “Voy a enterrarte para siempre / dentro de mí / voy a poder saber / lo que es la pena cuando quiera”.

Se sucede a esta segunda parte el Scherzo, en el que los poemas son un homenaje a la belleza, ya sea de tinte creacionista “Tod” o a la grandiosidad de una ciudad como Estambul o de una figura como Zenón de Elea, uno de los poemas más hermosos y filosóficos del libro. No faltan en él toques de humor o ironía provocada por el hastío, siempre de corte social y de verdades siempre reveladas al final del poema, como en La mala hora, Este mundo o Díptico para un domingo en la Prospe (perteneciente a la tercera parte) que recuerdan a la estética del poemario anterior: Desposesión.

Termina el libro con Final y con la intención de que se lea a un ritmo pausado (largo). En él se asume la conciencia de la derrota desde la posibilidad condicional de un futuro nuevo: “Si pudiese / cauterizarte para siempre / y dejases de doler”. Y de lo que nos queda por recordar pese a la muerte, como el soneto dedicado a la memoria de Pedro Atienza, Solos en la madrugada.

Esta Carne de luna, noche oscura del alma, es una invitación a escuchar la música de la máxima soledad de un hombre y, sin embargo, del rescate de todo cuanto es puro y hermoso en la nombrada destrucción de la palabra y del conocimiento de lo inasumible. Y de cómo el amor es capaz de no acabar pese a acabar con todo, como decía Juan Ramón: lo que hace el amor no acaba nunca.

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La portada es de María Sanz León

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